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La industria de la construcción es una de las más tradicionales y lleva ese título con mucha honra. Eso le ha permitido, entre otras cosas, mantenerse como una de las principales actividades económicas en todo el mundo, tanto en la riqueza que genera como en la cantidad de empleos que dependen de ella y ha salido avante (como industria) de grandes crisis económicas mundiales, y de cambios tecnológicos que han desaparecido sectores industriales completos de un plumazo.

La clave para las empresas es comprender que no deben ser constructoras de edificaciones específicas, pues eso sí las pone a merced de una decisión política (eliminación del subsidio a la vivienda, por ejemplo) o de una tendencia generacional (los millenials, centenialls o similares que aspiran a un modo de vida en el que no caben bien ni las casas tradicionales, ni las hipotecas). Lo que este sector económico controla, junto con toda la industria inmobiliaria, es la transformación, administración e innovación del espacio físico, del espacio vital donde las personas realizan todas sus actividades sociales, económicas, espirituales y casi cualquier otra. Y eso jamás pasará de moda, porque no es una tendencia, sino una necesidad humana básica de todos los tiempos.

Que tenga la garantía de permanencia, empero, no significa que los ejemplos de constructoras particulares puedan sobrevivir sin adecuarse al entorno. En los tiempos que vivimos, dos temas se han vuelto aristas neurálgicas para proyectar la viabilidad del negocio a largo plazo: la integración tecnológica y la sustentabilidad ambiental. Dedicaremos este artículo a hablar de esta última, debido a que ha sido motivo de controversia por los microsismos sufridos en la Ciudad de México hace algunos días.

Luego del fenómeno, una posible explicación se hizo bastante popular en los medios: los sismos ocurrieron por las obras y la extracción permanente de agua del subsuelo de la capital. De ahí, se siguió el ciclo noticioso normal, donde los columnistas citaron términos geológicos sin saber qué significaban y otros los refutaban con la misma técnica. Es lo de menos. Lo importante es que va ganando cada vez más visibilización la responsabilidad social que tienen la industria de la construcción y el propio gobierno para garantizar su cumplimiento.

Buscando artículos académicos sobre la planeación de la eficiencia acuífera en la industria de la construcción, me fue muy difícil encontrar textos latinoamericanos que hablaran sobre el tema y que no fueran notas periodísticas o llamados a misa en un contexto general de que tirar el agua está teniendo consecuencias cada vez más riesgosas en el corto plazo. Específicamente, sobre el manejo de sustentabilidad del agua en el sector de la construcción en México, nada.

El mejor texto que econtré fue uno de 2014, de investigadores de una universidad de Sri Lanka. Los hallazgos fueron desalentadores. Según ellos, las partes interesadas en el sector (stakeholders) reconocen que no está aún desarrollada la línea de planeación ni ejecución de construcciones basadas en la eficiencia del uso de agua y la subsumen, en el mejor de los casos, en la eficiencia energética, que es un tema distinto y que, bien o mal, ya tiene los reflectores globales encima.

En la Ciudad de México, que ya no tiene hacia donde crecer, trece de las dieciséis alcaldías dependen para su suministro de agua potable del sistema Cutzamala, sobrexplotado y que, por el aumento poblacional en el estado de México, a quien también surte, requiere de ampliaciones y proyectos de reingeniería que, además de enfrentar una fuerte oposición social, sólo serán un parche temporal.

Nuestro nivel del debate público en los espacios de opinión deja mucho qué desear. Eso ha hecho del catastrofismo un estilo periodístico más que una licencia literaria. Pero las falsas alarmas no deben impedirnos ver los verdaderos focos rojos que pueden tener consecuencias económicas y ecológicas irreversibles en menor tiempo del que pensamos. La sustentabilidad en el uso de la agua para las nuevas construcciones, en todos los estados de la república, es un tema que merece estar en la agenda legislativa nacional.

A nivel global es común que un 40% de los proyectos sobrepasen el presupuesto inicial y un 90% de los mismos se retrasen sin buena planeación

Cada vez son más las empresas, tanto del sector de la construcción como clientes finales de otras ramas de a industria, las que se interesan en reinventar sus espacios y procesos de desarrollo con la adopción de nuevas tecnologías como la metodología Building Information Modeling (BIM) o la digitalización, desde la planeación de un proyecto, hasta la cimentación, ajustes al presupuesto, selección de materiales y tiempo de entrega.

En entrevista con Centro Urbano, Jair Echeverría, ingeniero especialista de Victaulic, compañía con más de 100 años de experiencia en la solución de tuberías, dijo que cada vez se es más consciente de los beneficios económicos y ahorros en diferentes proyectos con la adopción de estas tecnologías como el BIM, Impresión 3D, el Big Data y el uso de drones.

“Hemos visto que más firmas de ingeniería, más contratistas están empezando a utilizar estas herramientas , porque reducen los costos. Es también la manera de cambiar la idea de siempre se ha trabajado así".

“Falta mucho por hacer, pero sí hemos visto un cambio importante. Lo que es la metodología BIM, estamos viendo ya un progreso en cuanto utilizar esa metodología porque ya las empresas a nivel estructural buscan innovación, qué nuevos productos, qué nuevos equipos hay para innovar“, detalló.

En la actualidad, muchos procesos de construcción son ineficientes, reflejándose en pérdidas financieras, de materiales y retraso en la entrega final de un proyecto.

De acuerdo con especialistas del Primer Congreso Internacional BIM organizado por la Cámara Mexicana de la Industria de la Construcción (CMIC), el porcentaje de desperdicio general en un proyecto podría rondar en un 3%, pero la realidad puede ser mayor, alcanzando hasta 10%, lo que se traduce en pérdidas millonarias.

Asimismo, se estima que a nivel global es muy común que un 40% de los proyectos sobrepasen el presupuesto inicial, y un 90% de los mismos se retrasen en el tiempo de entrega.

En ese sentido, el directivo de la compañía que tiene una planta de producción en Chihuahua y un centro de distribución en Querétaro, dijo que el uso de estas tecnologías permite modelar de forma virtual las necesidades de un edificio, ya sea industrial, residencial, comercial u hotelero, en temas de instalaciones, tuberías, empaques y válvulas.

“Hay un ahorro entre el 20% por ejemplo, inclusive en el tema de desperdicios. Como tal, sí hay un ahorro considerable cuando se utilizan este tipo de tecnologías”, apuntó Jair Echeverría.

Ante este escenario, el especialista señaló que lo que se necesita en el sector es un enfoque de transformación, donde la tecnología llegó para ser uno de los facilitadores clave en la innovación en la industria, al proveer herramientas que facilitan una construcción rentable, rápida y segura, principalmente en zonas con alta demanda como en el Bajío por la industria, el norte con la minería y el sureste en temas turísticos.

Los números de la industria de la construcción en México van en picada. De hecho, su contracción dramática durante este 2019 se utiliza como un indicador, a su vez, para demostrar la recesión de la industria del país en general, puesto que es uno de los sectores del que dependen más empleos,y otros rubros secundarios de la economía. Es hora de asumir realidades: este gobierno no tiene dentro de sus prioridades ni la construcción de nuevas viviendas con ayuda gubernamental ni la contratación de obra pública equitativa a nivel estatal. Su apuesta es en tres o cuatro grandes proyectos, ya asignados de iure o de facto, en el sureste y en el callejón sin salida del sistema de aeropuertos del centro.

En este marco, la industria mexicana de la construcción requiere de un autoexamen profundo y de una reingeniería que le permita sobrevivir los siguientes años, que parecen de obstinación política respecto a las prioridades presupuestarias. Tengo la convicción de que si el gobierno insiste en frenar la inversión pública en infraestructura, liquidar todos los activos gubernamentales y dedicarse a transferir sumas de dinero a grupos específicos, que ni invierten ni producen, antes de que termine el sexenio sufrirá una parálisis que le impedirá cumplir hasta con sus funciones más básicas, como la fiscal, la de policía o la de impartir justicia. Espero equivocarme.

Y cuando la tormenta pase, se reactivará la industria de la construcción, pues se entenderá, como ocurre cíclicamente, la importancia transversal que tiene en todos los rubros de la economía nacional. En ese sentido, es complementaria de la industria energética, por ejemplo, que sí es prioridad de esta administración y que requiere de infraestructura para funcionar; en ese sentido, su supervivencia es también un tema de seguridad nacional (no es gratuito que la ley que ha invocado Trump para poner aranceles, de forma abusiva o no, sea una que se promulgó ligando la industria de la construcción norteamericana con la seguridad nacional). Mientras tanto, los actores económicos que viven del negocio constructor e inmobiliario deben reinventarse y ser sensibles a los cambios que la industria está teniendo a nivel global, porque aunque las cosas vuelvan al estado anterior, no serán exactamente iguales.

En concreto, considero que las constructoras y las inmobiliarias en México se han quedado en un modelo de negocios tradicional y, a decir verdad, uno que las vuelve dependientes de las decisiones políticas del gobierno en turno. En ese sentido, y aprovechando la tendencia que parece seguir una permeabilidad económica y migratoria con centroamérica, las empresas mexicanas pueden ampliar su vocación geográfica y de actividad.

En el primer aspecto, haciendo un cabildeo agresivo con el cuerpo diplomático mexicano para que se promuevan las inversiones de infraestructura de países de Centro y Sudamérica haciendo partícipes a las empresas mexicanas. La política exterior de Donald Trump ha provocado, casualmente, que países tradicionalmente proteccionistas hacia su precaria industria, deban ser receptivos a las propuestas de México como principal instrumentador del plan de desarrollo de la región. Muchos de esos países están por construir plantas hidroelécticas, sistemas de transporte colectivo como el metro y otras obras para las que nuestro país tiene toda la capacidad instalada y experiencia de sobra.

En el segundo aspecto, el de ampliación de las actividades, conviene que las empresas mexicanas de la construcción e inmobiliarias celebren alianzas estratégicas o formen dentro de sí nuevas áreas de investigación aplicada a su industria, puesto que en otros países se están colocando de manera prioritaria en las agendas nacionales temas como la certificación ambiental de edificios, la tecnología de realidad virtual para compraventa de vivienda, los grandes datos (big data) para mejorar la oferta de proveedores y vendedores y la ingeniería civil que optimiza, además del espacio, el entorno completo del desarrollo que se construye. Es decir, la utilidad se está desplazando desde la construcción propiamente dicha a valores que antes se consideraban como simplemente agregados.

La industria de la construcción, en suma, tiene una importancia estratégica para el desarrollo que todos los gobiernos acaban aprendiendo, pero en esa curva de aprendizaje, que puede resultar dolorosa, no pueden ser daños colaterales ni los empresarios ni los trabajadores que mantienen de pie nuestras ciudades. Es tiempo de ser creativos y no solamente reactivos.

A nivel global, las perspectivas a largo plazo del sector de la construcción son muy positivas. La inversión en infraestructuras es de importancia crucial, tanto para mantener la competitividad en las economías avanzadas como para impulsarla en las economías emergentes. En las economías avanzadas las infraestructuras son necesarias para afrontar la demanda creciente y la mejora de las mismas es crucial para sostener el desarrollo económico. En las economías emergentes, la inversión en carreteras, electricidad y agua tienen un claro impacto transformacional en las vidas de los ciudadanos y en el desarrollo de los negocios. Asimismo, algunas de las grandes macrotendencias de nuestra época van a implicar necesariamente un incremento de la inversión en carreteras, ferrocarriles, aeropuertos, energía, redes de telecomunicaciones, abastecimiento y saneamiento de agua, sanidad e infraestructuras sociales.

Por estos motivos, en los próximos 15 años se esperan crecimientos en el sector de la construcción, que globalmente supone aproximadamente el 6% del PIB mundial, superiores a los de la economía en su conjunto. A más corto plazo, en los próximos 5 años se prevé que la economía mundial crezca a ritmos del 2,5%-3% anual, mientras que la construcción se estima que crecerá alrededor de un 3,6% anual, alcanzando los 15 billones de dólares para 2025. Casi el 70% de este crecimiento se localizará en ocho países: China, India, Indonesia, México, Nigeria, los Estados Unidos, Reino Unido y Canadá.

En 2018 las ventas de las 100 principales constructoras mundiales cotizadas crecieron un 10% y su rentabilidad experimentó una leve mejoría, si bien en muchas empresas siguió situándose en niveles bajos. La baja rentabilidad de muchas compañías constructoras globales es consecuencia de las dinámicas competitivas en las que la industria se encuentra inmersa, tanto en lo que se refiere a la construcción residencial –con márgenes muy bajos debido a las escasas barreras de entrada para la competencia local–, como en la obra civil y construcción industrial, donde el exceso de capacidad a nivel global está llevando a una situación de márgenes reducidos que se sitúan en muchos casos por debajo de la rentabilidad objetiva que debería obtenerse una vez ajustada por el riesgo inherente a la propia actividad.

En este contexto, si bien la industria de la construcción ha sido siempre considerada como una industria tradicional y ha sido el sector de la economía con menor productividad en los últimos 30 años, en los próximos años los principales retos del sector se centrarán en revertir esta situación y reconvertir la industria a través de las siguientes palancas:

•Innovación e industrialización: El tradicional enfoque descentralizado de gestión se verá afectado por la tendencia a la industrialización derivada de la aplicación de las nuevas tecnologías y materiales a los procesos constructivos. La estandarización, modularización y prefabricación de componentes, las nuevas tecnologías digitales, la robotización, los drones, wearables y la inteligencia artificial pueden suponer un cambio de paradigma en el sector.

Mejora de márgenes: Dada la situación competitiva indicada anteriormente y la cada vez mayor complejidad de los proyectos, es esencial ser proactivos en la gestión de los proyectos y lograr mejoras en la integración y gestión de la cadena de suministros y en la simplificación y digitalización de los procesos constructivos y de soporte, aspectos clave para mejorar los márgenes de las empresas del sector. Adicionalmente, es esencial controlar los riesgos en los procesos de licitación y asegurar que los proyectos tengan una adecuada rentabilidad y distribución de los riesgos entre cliente y constructor.

•Internacionalización: En los últimos años, ha habido una clara tendencia a la internacionalización de las grandes compañías constructoras. Este proceso ha estado liderado por las empresas europeas –las constructoras españolas han tenido un papel destacado– si bien en los últimos años las empresas chinas y coreanas están teniendo una presencia muy relevante en algunos mercados. Aunque los resultados del proceso de internacionalización han sido dispares y muchas empresas han encontrado dificultades para adaptar sus modelos de negocio a los mercados exteriores, dicho proceso previsiblemente continuará ante la estrechez de los mercados locales para el tamaño de muchas de las principales constructoras.

•Compliance, regulación y transparencia: Existe una clara necesidad de mejorar las prácticas de compliance, modificando las prácticas de contratación, la regulación de la industria y aumentando la transparencia a nivel global. En este sentido, es necesaria una reflexión sobre los actuales sistemas de contratación de obra pública en los principales países y sobre cómo pueden mejorarse los mismos, no sólo para lograr los mencionados objetivos de mejora, sino también para asegurar, por una parte, una rentabilidad adecuada a los riesgos y a la inversión a realizar por el contratista y por otra parte, para evitar retrasos, reclamaciones y la judicialización de muchos proyectos.

•Sostenibilidad: La sostenibilidad se está convirtiendo en un requisito indispensable en el sector de la construcción y las empresas deben ser capaces de gestionar de forma eficaz y eficiente los impactos medioambientales generados por su actividad

A modo de conclusión, se espera que en los próximos años el mercado global de la construcción crezca por encima del conjunto de la economía, dando la oportunidad a la industria de apostar por la innovación y la industrialización de los procesos productivos, lo cual, unido a la mejora en los procesos de contratación, la puesta en marcha de mejores prácticas de compliance y el incremento de la regulación y transparencia del mercado, debería permitir que las empresas del sector alcancen niveles de rentabilidad adecuados y sostenibles a largo plazo.